Ahora tienes otra propuesta encima de la mesa.
Una herramienta más completa. Mejor integrada. Con inteligencia artificial, claro. A estas alturas hasta la tostadora tiene que justificar que piensa.
Y puede que esta vez sí necesites cambiar de programa.
Siempre en el mejor momento llega todo. Es un día tras otro. Es natural. Lo mejor es saber qué hacer, porque esto no va a parar. Vamos, tener criterio.
Pero antes estaría bien responder a una pregunta:
¿Qué impidió que funcionara el anterior?
Porque “se nos ha quedado pequeño” puede significar muchas cosas.
Que realmente se ha quedado pequeño.
Que cada departamento lo utiliza de una manera.
Que nadie se ha encargado de mantener la información.
O que comprasteis una herramienta para resolver una discusión que seguís sin tener.
Quién decide. Quién responde. Qué trabajo tiene prioridad. Qué dato damos por bueno cuando aparecen tres versiones distintas.
Eso tampoco venía resuelto en la licencia.
Hace unos días leí un artículo sobre esfuerzo, incentivos y las reglas de los juegos en los que participamos. Me dejó pensando en algo que ocurre en las empresas: podemos dedicar cada vez más recursos a una solución sin comprobar si estamos entendiendo bien el problema.
Más publicidad porque faltan ventas.
Otra contratación porque el gerente no llega.
Otro programa porque el trabajo se atasca.
Son decisiones que pueden tener todo el sentido. Lo que merece la pena es pararse, y hacerlo, es el razonamiento que nos lleva hasta ellas.
Si las oportunidades comerciales se quedan días sin atender, aumentar la publicidad puede aumentar la cola. Morir de éxito.
Si toda decisión necesita el visto bueno del dueño, contratar a otra persona puede añadir otra silla delante de su despacho.
Si cada departamento tiene una idea distinta de cómo debe funcionar un proceso, el programa nuevo puede digitalizar el desacuerdo.
Con gráficos mucho más bonitos, eso sí.
Antes de repetir una inversión, revisaría estas cuatro cosas:
1. Qué resultado esperábamos.
“Mejorar la gestión” resulta bastante cómodo porque casi cualquier cosa permite decir que hemos avanzado. Pero es ambiguo y poco claro.
Reducir errores en los pedidos, responder antes a los presupuestos o conseguir que una decisión deje de pasar por gerencia permite comprobar algo. Un resultado claro.
2. Qué ocurrió realmente.
Qué cambió después de invertir. Qué siguió igual. Qué apareció que no habíamos previsto.
Aquí hacen falta hechos. La impresión del comercial, la del responsable de administración y la del gerente pueden ser tres películas diferentes. Hablar, cosa que muchas veces …
3. Qué tendría que cambiar para que el siguiente intento funcionara.
Si la respuesta es únicamente “esta herramienta es mejor”, falta examinar una parte de la decisión.
Puede que sea mejor. ¿Qué obstáculo concreto permite superar? Claridad.
4. Qué evidencia nos haría descartar la compra.
Esta pregunta es incómoda cuando ya hemos visto la demostración, elegido proveedor y contado al equipo que por fin vamos a arreglarlo.
Precisamente por eso conviene hacerla antes.
Buscar el NO.
Cambiar de software tiene sentido cuando una limitación comprobable impide trabajar como necesita la empresa y la alternativa permite superarla con un coste asumible.
Cuando todavía no sabemos dónde se atasca el trabajo, lo siguiente que necesitamos averiguar es eso. Bajar al Gemba.
El gerente tiene que decidir. Y decidir con información incompleta forma parte de su trabajo.
Pero entre saberlo todo y volver a comprar por intuición hay espacio para revisar qué ha pasado.
Ahí es donde trabajo yo: diagnóstico, alternativas y una recomendación que puedas llevar a tu equipo o proveedor.
Si tienes una inversión encima de la mesa y el problema ya sobrevivió a un intento anterior, cuéntame qué estás pensando hacer y qué ocurrió la primera vez.
Esa historia suele ser más útil que la siguiente demostración comercial.